03 agosto, 2008

El efecto Mozart

Un acercamiento al valor formativo de la educación musical

Todo el mundo ha oído hablar alguna vez de los beneficios que produce el escuchar música clásica, concretamente la música de grandes maestros como Mozart. Sin embargo, al detenernos a pensarlo, nos surgen serias dudas sobre lo que puede haber de verdad en dicha afirmación y la demostración científica de la misma.

El término denominado "efecto Mozart" apareció publicado por primera vez en 1993 en la revista "Nature". El artículo era de los doctores Frances Raucher y Gordon L. Shaw, ambos de la Universidad de Wisconsin. Estos doctores desarrollaron varias experiencias con estudiantes cuyos resultados arrojaban luz sobre el asunto en cuestión.

La experiencia consistió en someter a varios grupos de estudiantes a pruebas objetivas normales. Acto seguido, y tras diez minutos de escucha de la Sonata K448 para dos pianos, les pasaron otras pruebas objetivas diferentes a las primeras. El resultado fue sorprendente: los estudiantes obtuvieron un incremento en las pruebas de razonamiento espacio-temporal de entre 8 y 9 puntos.

Dos años más tarde, los doctores Raucher y Shaw volvieron a intentar asentar su hipótesis. Para ello seleccionaron a 79 estudiantes que deberían razonar sobre la forma que se obtendría al desdoblar un papel, previamente doblado y cortado varias veces. Tras el primer resultado, clasificaron a los estudiantes en tres grupos homogéneos según los resultados obtenidos en esta primera vuelta. Para la segunda vuelta, cambiaron los papeles doblados de forma y corte procediendo de la siguiente manera: a un primer grupo se le hizo escuchar la Sonata K448 de Mozart, a un segundo grupo música minimalista de Philip Glass, y a un tercer grupo sólo silencio. Los resultados volvieron a ser delatores: los jóvenes que escucharon a Mozart acertaron hasta un 62% más que en la primera vuelta, mientras que los otros dos grupos sólo habían incrementado sus aciertos un 10%.

En la revista "Journal of the Royal Society of Medicine", el doctor Jenkins describe su experiencia con música de Mozart y cobayas (conejillos de indias). Tomó una serie de cobayas y las dividió en dos grupos. Al primer grupo le hizo "escuchar" música de Mozart, si es que estos animales escuchan, mientras que al otro grupo no les puso ningún tipo de música. A ambos grupos los sometió a un laberinto del que debían salir lo más rápido posible y cronometró la tardanza de ambos grupos. Los resultados volvieron a ser sorprendentes, pues las cobayas que "escucharon" Mozart salieron todas más rápidamente que el otro grupo.


Otros estudios más recientes, como el desarrollado en la Universidad de Michigan, describen que escuchar atentamente música de Mozart durante 15 minutos aumenta en más del 10% el nivel de interleucina (son las proteínas que protegen a las células contra ataques agresivos tales como el sida o el cáncer). En Inglaterra y Francia existen monasterios donde los monjes hacen que sus animales "escuchen" música de Mozart, pues descubrieron que la producción de leche incrementaba notablemente.


En Edmonton, Canadá, se puede escuchar música de Mozart en las plazas de la ciudad, pues al parecer la circulación es más tranquila y ordenada, así como disminuye el consumo de drogas cerca de esas plazas. En Japón han descubierto que al poner música de Mozart en el proceso de fermentación para fabricar su bebida nacional, el sake, el arroz fermenta mucho mejor que sin esta música.

Es un hecho que la música de Mozart es sublime estética y musicalmente hablando, pero también lo es que escuchar música de Mozart nos estimula la mente y potencia nuestro rendimiento intelectual. Sin embargo, no es la música de Mozart la única en producir esos efectos tan insospechados. La música del compositor griego-americano Yanni ha mostrado poseer una estructura parecida y efectos similares.

La explicación de este fenómeno está aún siendo estudiada y ya se sabe que se relaciona, en lo que a influencia humana se refiere, con el hemisferio cerebral derecho (lóbulo espacio-temporal) y que está en estrecha relación con la tonalidad de la obra, la frecuencia de onda de sus sonidos y lo bien dispuestas y estructuradas que estén las frases musicales.

Análisis informáticos realizados en la música clásica han revelado que presenta una cierta periodicidad de frecuencias que se repiten a largo plazo en las ondas sonoras, sobre todo en las grandes obras maestras, mientras que esta periodicidad no se presenta en otras músicas. Los científicos han investigado el interior de nuestro oído, encontrando que 2/3 de los cilios del oído interno (miles de diminutos pelillos que yacen sobre un plano liso) sólo reaccionan ante estas determinadas frecuencias, lo que nos hace pensar que tal vez esas frecuencias estimulan de alguna manera nuestro oído y éste, a su vez, a nuestro cerebro enviando información ordenada gracias al fraseo musical.

A modo de conclusión, sorprendente y algo descabellada, diré que hay quien asegura que la canción y la danza son anteriores a la aparición del lenguaje en las personas. Esta idea podría cobrar interés, si pensamos en que nuestro oído está preparado para escuchar muchas más frecuencias que las de el habla propiamente dicho. ¿Será la música el lenguaje de la Humanidad?

Francisco Espejo Carmona
Profesor Superior de Tuba y Maestro de Educación Primaria

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